La popularidad del
Almirante Brown

Miniatura sobre marfil del almirante Guillermo Brown. Autor Henry Harvey. Museo Histórico Nacional.

había nacido para suplir con ellas todas esas deficiencias y triunfar de los enemigos contra quienes iba a combatir”.

Además, según el mismo autor, cautivaba por “su porte tranquilo y amable; su semblante sonriente y abierto, sus formas, sus palabras, sus hábitos, eran de una modestia y de una mansedumbre ejemplar”.

Tras el revés inicial de Martín García, logró tomar la isla, aislar a las fuerzas de Romarate embotellándolas en Arroyo de la China, y vencer completamente a los realistas el 17 de mayo de 1814 en Montevideo, en una acción en que se conjugaron perfectamente la concepción estratégica, la visión táctica, la habilidad de maniobra y la capacidad de insuflar en sus hombres la convicción más completa en el triunfo.

El regreso a Buenos Aires, tras haber despejado todo el peligro del horizonte –pues merced a su victoria capituló la plaza de Montevideo–, mostró la gratitud y el entusiasmo de la población que honró a los veteranos y a los noveles marinos. Después, cuando Brown emprendió junto a Bouchard su novelesca expedición corsaria al Pacífico, las noticias de sus capturas y riesgos mantuvieron en vilo a la población.

Pero fue durante la guerra con el Brasil cuando el prestigio del almirante llegó a su cenit. Enfrentaba con unos pocos barcos a la escuadra más grande de Sudamérica, y ello llenaba de orgullo a los argentinos, especialmente a los hijos de la gran aldea platense, obligados testigos de las acciones navales.

El 11 de junio de 1826 tuvo lugar el cañoneo de Los Pozos, frente a Buenos Aires. Los habitantes, ubicados en la ribera y en algunos lugares altos –como en Cádiz durante la batalla de Trafalgar–, apreciaban los movimientos de los buques republicanos y la masa de naves imperiales, que ofrecía un aspecto amenazador.

A bordo de la 25 de Mayo, el almirante hizo leer la orden del día en que expresaba: “Marineros y soldados de la República, ¿veis esa gran montaña flotante? ¡Son 31 buques enemigos! Mas no creáis que vuestro general abriga el menor recelo, pues que no duda de vuestro valor y espera que imitaréis a la 25 de Mayo, que será echada a pique antes que rendida. Camaradas, ¡confianza en la victoria, disciplina y tres vivas a la Patria”.

A continuación, se advirtió en la capitana una señal que ordenaba: “¡Fuego rasante que el pueblo nos contempla!”… Las naves brasileñas terminaron por retirarse, en tanto Brown descendía y era objeto del entusiasmo y de la admiración del vecindario.

Guillermo Brown, el Primer Almirante de la Patria, como lo tituló con acierto Mitre, gozó de inmensa popularidad en el país al que brindó los años decisivos de su vida. Pocos como él sintieron el calor entusiasta de las multitudes y las expresiones de aprecio de la sociedad, y si sufrió la incomprensión de espíritus prevenidos y medrosos, gozó en general del respeto de los dos partidos que lucharon sin cuartel en la República.

Brown llegó al Plata en 1809 y sólo fue, en sus comienzos, un extranjero más; un capitán mercante que desenvolvía sus actividades de cabotaje sin mayores contratiempos. Pero al estallar la Revolución de Mayo, y sobre todo a partir de 1813, en que se le encomendó la formación de la segunda escuadra patriota, su nombre comenzó a ser mencionado con respeto y admiración.

Aquel teniente coronel irlandés, de cabellos rubios y ojos azules, trabajaba con entusiasmo incansable para convertir en buques de guerra a modestas y generalmente vetustas naves de tráfico fluvial. Se lo veía en el puerto de Buenos Aires, dando órdenes en inglés (recién varios años más tarde pudo expresarse en un castellano pintoresco, mechado de vocablos sajones), y se dudaba del éxito que pudiera obtener frente a la temible flota realista de Montevideo.

Pero, como dice Vicente Fidel López, que lo trató en la ancianidad –del mismo modo que su padre, el autor del Himno, lo había hecho en la madurez, “mostraba una confianza ingenua en el éxito, casi podríamos decir una confianza infantil, si no fuese que en el fondo de esa alma, al parecer tan complaciente, ardía la convicción de que le bastaban las dotes con que

Fue llevado en andas hasta la fortaleza, mientras un grupo de damas colocaba una guirnalda en sus sienes. De inmediato se constituyó una comisión para ofrecer al almirante una bandera que en letras de oro recordase aquella fecha.

En pocos días estuvo lista la enseña, que fue entregada a Brown y a otros jefes y oficiales, quienes asistieron de gran uniforme, en la Sala Argentina, “por una diputación del bello sexo, que se había dado cita en aquel centro del patriotismo. Todavía pasaron algunos instantes antes de que el roce de la seda acusara la presencia de la ansiada comitiva a la que encabezaban las respetables matronas señora María Sánchez de Mendeville (otrora Mariquita Sánchez de Thompson) y la señora Feijóo de Vázquez, madre del coronel don Ventura. Ella presentó al almirante una gran bandeja de plata conteniendo una bandera de seda con los colores nacionales, en cuyo centro se veía en letras de oro y entre gajos de laurel, todo primorosamente bordado: 11 de junio de 1826”. La señora de Mendeville, “con gracia seductora”, pronunció un discurso que hizo época.

Los fracasos y triunfos de la Escuadra Republicana, y especialmente la batalla de Juncal, donde Brown ciñó la espada que le obsequiara el coronel inglés Ramsay, jornada de gloria para las armas argentinas, originaron parecidas muestras de admiración.

Un viajero francés, de paso por Buenos Aires, anotó en aquellos días: “El almirante Brown se ha convertido en el ídolo del pueblo. Todo el mundo quiere verlo: no se oye más que hablar de él: se lo mira como el salvador de la patria...”

A lo largo de su retiro del servicio, durante su gestión como gobernador delegado de Lavalle y en el período en que se desempeñó como jefe de la escuadra de Rosas, continuó gozando del respeto de propios y extraños, incluso del general italiano Garibaldi, vencido en Costa Brava, quien señala en sus Memorias: “Es la primera celebridad marítima de la América meridional, con justos títulos, porque había mandado la escuadra de Buenos Aires en tiempos de la dominación española”.

En sus últimos años, afectado por una neurosis que lo amargó completamente, no le fue ajeno el afecto popular, que se manifestó caudaloso cuando el Viejo Bruno, como se lo llamaba cariñosamente, pasó a la inmortalidad, el 3 de marzo de 1857.

• Del libro Pioneros, soldados y poetas de la Argentina, Buenos Aires, Editorial El Ateneo, 2014.

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