De pecio a cúter, el "Luisito" de Luis Piedrabuena



Por Alberto Gianola Otamendi

Ya sea se trate de pecios, de naufragios, de rescates en temporales e islotes solitarios, de aventuras marinas en mares procelosos, de antecedentes de la fabricación de naves o de la construcción artesanal de embarcaciones, uno de los casos antológicos ineludibles en el diálogo es el de Luis Piedrabuena, y la transformación del naufragio de su goleta "Espora" en el aliciente para construir el cúter "Luisito", parido de sus costillas.

Los aficionados a la historia marítima argentina y los navegantes de aguas patagónicas de fines del siglo

XIX mucho han leído y escuchado de Don Luis Piedrabuena (1833 - 1883): marino, mercader, salvador de náufragos, lobero, custodio de costas y rías.

El gobierno nacional le concedió en donación la Isla de los Estados, entera y ya muy adulto fue honrado por como Comandante de la Marina de Guerra argentina, cuando ejercía el comando de la corbeta "Cabo de Hornos" 1. Más tarde, buques de la Armada llevaron su nombre y hoy muchas calles y escuelas del país conservan su recuerdo.

Sin embargo, frecuentemente, el tratamiento de su legendaria trayectoria humanista y naval, no pasa de la leyenda y anecdotario. Sus habilidades, la principal de ellas era navegar hábilmente en los barcos a vela de fines de 1800 en las aguas sudatlánticas, son rescatadas del olvido ocasionalmente por los escasos conocedores del mar y el desafío que Eolo y Neptuno ofrecen a los intrépidos bípedos terrestres que se aventuran en sus extremos, allí donde el horizonte se hace plano, sobre las espaldas de grandes elefantes y el cielo se vuelve gris por el humo del infierno. Sus hazañas recorrieron los mares en boca de marinos curtidos y loas de naciones
agradecidas.

Goleta Espora

El caso que nos convoca no es uno de sus famosos rescates, sino otro de características tan ciclópeas como las mitológicas fascinaciones que graficaban las cartas de antaño, y nos remonta a 1873, tiempo de los clippers y del apogeo de la navegación a vela, antes de la fragorosa intrusión de los cascos de hierro y la propulsión a vapor.

Isla de los Estados - Señalada allí Bahía Franklin al extremo Oeste

En marzo de ese año, con cuarenta de edad y al mando de su bergantín-goleta "Espora", en una de sus "aventuras marinas" (como todavía hoy se reconocen los viajes mercantes), de cacería de pingüinos ("pájaros niños"), focas y elefantes marinos, Piedrabuena vara su barco y se destroza lentamente en las playas.

En medio de fuertes vientos del suroeste, uno de esos temporales que la jerga de abordo llama "galerna", él operaba fondeado en lo que todo indica que se trataría de la Bahía Franklin, en el extremo occidental de la Isla de los Estados, que conocía cabalmente. Sin embargo, el ancla principal perdió el cepo y la pequeña ancla de refuerzo fue insuficiente ante los furiosos vientos del Le Maire, por lo que terminó garreando 2.

El capitán decide varar en la playa de arena blanda, pero la nave se cruza y hace agua en la maniobra, hundiéndose parcialmente. Varios días de mal tiempo, en esa precaria posición, sufriendo el golpe de olas y mareas, terminan por quebrar el viejo buque.

Todo eso era natural, ese peñón, desolado y lúgubre, se cruza casi cincuenta kilómetros, de oeste a este, a las corrientes marinas ascendentes.
Con sus rocas aledañas parece formar una filosa mandíbula que emerge de las frías aguas entre escarceos y remolinos, para devorar navíos. Triste imagen ganada en un siglo de tragedias, ya reflejadas en novelas literarias y reportes de cartógrafos. Contribuye a esa escalofriante impresión la densa nube que corona sus picos en forma perenne y la blanca rompiente de las olas en sus oscuras costas montañosas.

El sitio del infortunio era lo que don Luis registra en su meticuloso diario como "Bahía de las Nutrias" y que se presume las cartas náuticas reconocen como Caleta Lacroix, en el fondo del saco de la Bahía Franklin, un lugar poco apto para guarecerse o fondear en semejante tormenta austral.

Fondearse, amarrarse a árboles o rocas de la orilla e incluso varar era tarea rutinaria de aquellos loberos en embarcaciones relativamente pequeñas y muy sólidas. También era normal poseer habilidades de carpintería, al tener que trabajar constantemente en el armado y reparación de duelas y barriles, refugios y factorías, remos y embarcaciones menores; estas últimas constantemente averiadas por las roquerías de los asentamientos de las pingüineras y loberías. De hecho, todo eso consta en el diario personal de Piedrabuena y en los registros de G.H. Gardiner, uno de sus empleados.

Lo que resulta particularmente curioso y admirable, es que en ese lugar abandonado y hostil, sepulcro de naves y cementerio de presos y marinos, Piedrabuena, su dueño y señor, con la ayuda de apenas uno u ocasionalmente dos de sus abatidos y enfermos tripulantes (cinco según su rol de zarpada y dos que hace venir de su factoría), superó la adversidad y construyó completamente una nueva y sólida nao, sin planos ni ayudas.

 

     
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